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Todo terminó con él de pie a sus espaldas y ella de rodillas sobre el cojín del sofá. Pero comenzó con las manos de ella quietas. En los primeros segundos, la mujer estaba sentada en el centro del sofá. Su espalda se mantenía recta. Sus manos, con el antebrazo tatuado cerca de la muñeca, reposaban sobre su propio regazo. Los dedos no se movían.
El hombre estaba a su lado. Llevaba una gorra roja. Su brazo derecho descansaba sobre el respaldo del sofá, detrás de los hombros de ella. La mano izquierda permanecía oculta. La cadena dorada colgaba sobre su torso desnudo. Ninguno de los dos cambió de posición durante más de un minuto. La lámpara de la mesilla lateral proyectaba una luz constante. El aire acondicionado permanecía encendido.
La primera alteración vino de ella. En algún momento después del minuto dos, los dedos de su mano derecha se flexionaron ligeramente. La palma se despegó del muslo. El movimiento fue lento. La mano, con el pequeño adorno metálico del piercing brillando, se desplazó unos centímetros hacia arriba. Se detuvo. Luego continuó el trayecto hasta posarse sobre su propio pecho, justo por encima del corsé negro. Los dedos se cerraron un poco sobre la tela.
Él no reaccionó de inmediato. Su brazo sobre el respaldo del sofá no se movió. Su mirada, oculta por la visera de la gorra, pareció dirigirse hacia el movimiento. La mano de ella se quedó allí, quieta de nuevo. Solo el leve resplandor del metal en su dedo indicaba un cambio reciente. Así permanecieron un largo momento. El sonido del aire acondicionar llenaba el silencio de la habitación. Las sombras de los cuerpos contra la pared no se alteraron. El siguiente movimiento aún no ocurría.
La mujer se inclinó sobre el hombre. Su mano derecha se hundió en el cojín cerca de su hombro. Su mano izquierda agarró el brazo del sofá. El hombre yacía debajo de ella. Sus manos rodearon sus nalgas. Sus dedos se apretaron contra la carne blanca del corsé negro.
Ella se movió hacia arriba. Sus caderas subieron. Su mano izquierda no soltó el brazo del sofá. Su mano derecha se arrastró por el cojín. El hombre no soltó sus nalgas. Sus manos subieron con ella.
Ella se sentó sobre él. Sus rodillas se cerraron a los lados de sus caderas. Su mano izquierda permaneció en el brazo del sofá. Su mano derecha se posó en su propio muslo. El hombre dejó sus manos en sus nalgas. Él no se movió.
La luz de la lámpara cayó sobre los lentes de la mujer. Los ojos del hombre estaban cerrados. La cadena de oro sobre su pecho subió y bajó. El corsé negro no se movió.
La mujer giró la cabeza hacia la mesita de noche. Su mano derecha se levantó del muslo. Sus dedos con piercings tocaron el borde de sus lentes. Su mano izquierda se aferró al sofá.
Ella bajó la mano derecha. La colocó de nuevo sobre su muslo. El hombre abrió los ojos. Su gorra roja estaba torcida. Él no movió sus manos de sus nalgas.
Cuando ella se deslizó de su regazo, él permaneció tumbado. La mujer se bajó al suelo. Primero una rodilla, luego la otra, hundiéndose ligeramente en la alfombra. Se enderezó, manteniendo la espalda recta. Sus manos cayeron a los lados, las palmas descansando sobre los muslos. El hombre observó su espalda desnuda y el corsé negro. Permanecieron inmóviles. Solo el zumbido constante del aire acondicionado llenaba la habitación. Los minutos pasaron sin que ninguno de los dos alterara su postura.
Él se incorporó. Sus pies encontraron el suelo junto al sofá. Se puso de pie y se ajustó la gorra. Dio dos pasos hasta quedar detrás de ella. Su sombra se proyectó sobre su espalda. La cadena dorada se balanceó sobre su pecho y se calmó. La mujer no volvió la cabeza. No hubo un gesto, ni una señal. Simplemente, la nueva posición quedó establecida.
Durante esos minutos, no hubo contacto.
Luego, sin previo aviso, él se agachó. Sus rodillas dobladas colocaron su cuerpo a la altura de la espalda de ella. Su mano derecha se acercó al cierre del corsé. Los dedos de la mujer se crisparon levemente sobre sus muslos, pero no se movieron. La mano del hombre se detuvo a centímetros de la tela. Permaneció allí, suspendida, mientras el minuto continuaba.
Sus dedos se cerraron sobre el borde elástico de la tela gris. Los pulgares se metieron por dentro, entre la cintura y la tela. La tela cedió. Los pulgares bajaron, arrastrando el material consigo. Los huesos de sus caderas quedaron al descubierto. La tela gris se dobló sobre sí misma, descendiendo por sus muslos. Sus rodillas se doblaron levemente. La tela llegó a sus rodillas. Sus manos soltaron la tela. Los dedos se abrieron. La tela gris continuó su caída por las piernas. Formó un círculo de material arrugado alrededor de sus tobillos. Un pie se liberó del círculo de tela. El otro pie se liberó después. La tela gris quedó tendida en el suelo, junto al pie derecho del sofá.
| De quién | Qué sostienen | Qué hacen después |
|---|---|---|
| Sus manos | Agarran el borde de sus propios calzoncillos grises. | Meten los pulgares bajo la cintura elástica. |
| Sus dedos | Estiran la tela hacia abajo. | Descienden por la longitud de sus muslos. |
| Sus palmas | Presionan la tela contra sus muslos. | La sueltan al llegar a la altura de las rodillas. |
| Sus pies | Pisan la tela gris en el suelo. | Se separan de la prenda abandonada. |
| Sus tobillos | Liberan el último contacto con la tela. | Se giran ligeramente hacia fuera. |
Los dedos de ella se deslizaron por su espalda. Sus palmas se posaron en las nalgas de él. Sus uñas presionaron levemente la piel. Sus manos lo guiaron hacia adelante. Su cuerpo se inclinó para seguir el movimiento. Sus pies descalzos se afirmaron en el suelo. El círculo de tela gris permaneció inmóvil junto al sofá.
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Él se apartó. Sus manos abandonaron su cuerpo y buscaron apoyo en sus propias rodillas, mientras él se enderezaba. Un sudor leve brillaba en su pecho. Permanecieron así, sin tocarse, durante casi un minuto. El zumbido del aire acondicionado llenó el vacío que dejó el movimiento.
Ella no cambió de posición. Continuó tumbada de costado sobre el sofá, la cabeza hundida en el cojín que había estado debajo de ellos. Una de sus manos, la del brazo con el tatuaje, reposaba sobre el vacío que él dejó. La otra permaneció oculta bajo su espalda.
Él se frotó la nuca con la palma de la mano. Luego, su mirada bajó hacia sus calzoncillos grises, amontonados en el suelo cerca de la mesilla. Se inclinó, con un movimiento cansado, y los recogió. No se los puso. Solo los sostuvo un momento, colgando de su dedo índice, antes de dejarlos caer de nuevo en el mismo sitio.
Ella, entonces, se movió. Giró sobre su espalda, arrastrando las piernas. Su cuerpo quedó extendido a lo largo del sofá. Sus brazos cayeron a los costados. La mano con el tatuaje quedó con la palma hacia arriba, sobre la superficie gastada del tapizado. Con el dorso de la otra mano se ajustó las gafas, que se habían descentrado.
Él observó cómo ella se acomodaba. Cuando ella terminó de moverse, él se sentó a sus pies, en el borde del sofá. El peso de su cuerpo hundió el colchón y los pies de ella se inclinaron ligeramente hacia él. Apoyó un codo en su propia rodilla y dejó caer la frente sobre la mano cerrada. Así permaneció, mirando la alfombra.
Pasaron varios minutos. La luz de la lámpara iluminaba las dos figras estáticas. La mano de ella, sobre el sofá, se cerró lentamente. Los dedos se apretaron contra la palma, formando un puño flojo, y luego se abrieron de nuevo. Él levantó la cabeza. Se pasó los dedos por el cabello, despejándose la frente. Finalmente, se dio la vuelta para mirarla. Ella ya lo miraba. Sus ojos, tras los cristales de las gafas, no parpadearon.
Él extendió una mano. Su brazo cruzó el espacio entre ellos. Su palma se posó, con suavidad, en el costado de su muslo, justo donde la piel quedaba al descubierto entre el corsé negro y las medias. La mano de él permaneció inmóvil. Ella no se apartó. Unos segundos después, la mano de ella, la que estaba sobre el sofá, se elevó. Su brazo se desplazó por el aire y su mano fue a posarse sobre la suya. No la tomó. Simplemente apoyó su palma sobre el dorso de su mano. Sus dedos con piercings no se cerraron. Los anillos de metal estaban fríos contra su piel.
Mantuvo su mano allí un momento largo. Luego, la retiró. Se incorporó con un movimiento fluido, deslizándose hacia el borde del sofá frente a él. Se arrodilló sobre los cojines, quedando a su altura. Él no se movió. Su mano, ahora sin el peso de la suya, cayó sobre su propio muslo. Ella alzó sus dos manos. Sus palmas se cerraron sobre los tirantes de su corsé, cerca de los hombros. Los estiró hacia arriba, como ajustándolos, y luego dejó caer los brazos. Se inclinó ligeramente hacia delante. Sus manos encontraron las costuras de sus pantalones. Los dedos se engancharon en el cinturón. Tiró de él suavemente, guiándolo hacia ella.
Él se apartó. Sus manos abandonaron la piel de ella. Ella se movió hacia adelante, sobre el cojín del sofá. Se arrodilló. El cojín se hundió bajo el peso de sus rodillas. Su espalda quedó frente a él. Su cuerpo formó un arco. Sus manos, con los nudillos blancos, se aferraron al respaldo del sofá.
Él se posicionó de rodillas detrás de ella. Sus muslos enmarcaron sus caderas. Su mano derecha se cerró sobre su cadera izquierda. Los dedos se hundieron en la carne, justo donde terminaba el corsé negro. La cadena de oro colgó, inmóvil, sobre su espalda. Su otra mano tomó aire y se posó en la nuca de ella, entre los cables de las gafas. No ejerció presión. Solo reposó allí.
Ella inclinó la cabeza hacia adelante. Sus hombros se tensaron. El tatuaje del antebrazo derecho se estiró. La luz de la lámpara lo iluminó por completo. La mano de él en su cadera se ajustó. Los dedos se recolocaron, buscando un nuevo agarre. La mano en su nuca permaneció quieta. La respiración de él agitó levemente los cables de las gafas.
Ella soltó el respaldo del sofá con una mano. Su brazo cayó a un lado. Su mano, con el pulgar hacia adentro, descansó sobre el costado de su propio muslo. La otra mano mantuvo su agarre en la tela del sofá. El corsé negro subía y bajaba con el ritmo de su respiración. La habitación estaba en silencio, solo el zumbido bajo del aire acondicionado llenaba el espacio.
Él no se movió. Su mano en la cadera de ella era un peso constante. Su mano en su nuca era un punto de contacto fijo. Sus rodillas estaban firmes en el sofá, a cada lado de las de ella. La visera roja de su gorra proyectaba una sombra sobre sus hombros. La cadena de oro ya no se balanceaba. Permanecieron así. La mano de ella sobre su muslo. La mano de él sobre su cadera. La otra mano de él sobre su nuca. Las rodillas de ella sobre el cojín.